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DESENCUENTRO

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DESENCUENTRO

DESENCUENTRO Por: MARO Ciudad de México, los danzantes junto al asta bandera, en un baile de frenesí, danzan al ritmo de los tambores. La catedral mudo testigo. Y veo el incienso y veo a los danzantes y veo a la catedral. La música de los tambores se mezcla con el griterío de los danzantes. El humo del incienso los envuelve en una atmósfera mística. De fondo, la Catedral Metropolitana con la luna proyectando su luz sobre ella en un marco sui generis. El incienso penetra a mi olfato y va invadiendo todo a mí alrededor, cubriendo a los danzantes y a la catedral. A mi alrededor toda la plaza mayor está invadida por el humo del incienso. De pronto a los danzantes los observo como borrosos, como si estuvieran difuminándose. En pocos segundos, el humo abarca todo mi entorno, como una espesa bruma. A lo lejos, como si se hubieran trasladado en un santiamén, escucho los tambores mas allá de donde estaban. La luz de la luna se proyecta sobre el humo que se expande con lentitud dejando ver difusamente la imagen de… una pirámide… luego otra y así sucesivamente hasta abarcar toda una ciudad prehispánica. Cubre el ambiente un viento gélido y un intenso olor a incienso. El sonido de los tambores y gritos festivos parece salir de entre un cuadro de pequeñas pirámides. Extrañado me dirijo al lugar de donde proviene la algarabía. La luz de la luna ilumina un sendero de tierra y piedras. Un resplandor rojizo parece cubrir una pequeña parte de la ciudad. Poco después escondido tras un árbol observo una escena increíble. Varios hombres y mujeres danzan al ritmo de los tambores, golpeados por manos febriles, en una pequeña plaza iluminada por especies de pebeteros. Seres con pieles de animales y con plumas tapizando sus cabezas y el rostro pintado esperan a que algunas mujeres les sirvan un líquido en vasijas de barro. Hay mucha alegría pareciera que festejan algo. De vez en cuando algunos gritos llegan a mis oídos, pero por más que quiero comprender algo no lo logro. En el piso hay utensilios y flores de cempasúchil, ollas de barro, plumas, y diversos objetos ordenados como en una ofrenda. Saliendo de la nada, escucho voces que se acercan y veo salir de la negrura del sendero, a varios hombres barbudos, dirigiéndose con paso seguro hacia los indígenas. Van vestidos con ropa ligera pero sobresale un blindaje metálico de las partes importantes de su cuerpo y llevan un casco de metal en la cabeza. Los hombres van armados con espadas y arcabuces. Cinco indígenas los encaminan a la plaza. Al pasar junto a mí y al oírlos hablar pude entender algo del español que pronunciaban. La veintena de hombres se dirigían al encuentro con los indígenas, quienes al verlos dejaron de tocar y se dirigieron a ellos con grandes muestras de efusividad. Los danzantes ahora bailaban felices alrededor de los hombres, quienes se dejaron abrazar tanto por los niños y las mujeres. Los indígenas les ofrecieron de beber. Algunos hombres metálicos también respondieron a las muestras de entusiasmo y abrazaron a las mujeres que se dejaban tocar con gusto. Al ver ambos grupos tan disímbolos reunidos y que se mostraban tan apacibles y contentos. Decidí ir al encuentro de ambas razas. La luna iluminaba el sendero, a la distancia distinguía impetuosa la gran pirámide que lucía en su máximo esplendor. Al irme acercando al grupo. Una rara sensación entremezcla de miedo y de curiosidad me invadía. De pronto un niño indígena me descubre, grita, me señala. Este hecho me detuvo en seco y no supe que hacer, quise dar la media vuelta y echarme a correr, pero no pude, avance hacia ellos. Inmóviles ambas razas me observaban. Sus ojos escrutadores miraban con recelo, escudriñaban lo más recóndito de mí, tartamudeando tontamente dije… -¡Hola! - De pronto un indígena que parecía ser alguien importante gritó palabras incomprensibles para mi, al mismo tiempo que el grupo de gente se compacto haciendo un circulo a mi alrededor. -¿Quien rayos sois? – saliendo de su mutismo un tipo mascullo. Tras su agresiva pregunta no pude contestar de inmediato, lo que animo a los demás a increparme. -Contesta ¿quién sois? -dijo otro hombre envalentonado. Mientras el resto de indígenas y soldados levanto en una feroz actitud hostil hacia mí. No esperando ese recibimiento respondí titubeante. -Yo…no se qué hago aquí, vengo del…perdón estaba en el Zócalo... -¿Zócalo… cual Zócalo? -dijo el tipo que me increpo desde un principio. -Allá atrás… estaba yo viendo a los danzantes en frente de la Catedral. -¿Catedral? ¿Cual Catedral? -volvió a interrumpir. -La Catedral Metropolitana –dije. -¡Por todos los cielos este tipo está loco! ha de tener el diablo metido, ahora nos vais a explicar qué es eso del Zócalo y que Catedral es esa. -Disculpen señores, pero no se qué pasa -saliendo un poco de mi titubeo, acerté a decir- les repito que estaba viendo a los danzantes y de repente cambio el escenario. Tenía frente a mí a la Catedral Metropolitana y de ¡zas! ya estaba esa gran pirámide justo frente a mí, creo que estoy soñando, sí eso debe ser estoy soñando o alucinando, el incienso me ha de haber drogado. -Pero, ¡santo Dios! qué idioma es ese que pronunciáis y esa vestimenta tan extraña, pero como es que habláis castellano tan raro. -¿Castellano raro? más bien los raros son ustedes. -Explicaos una cosa, ¿venís de alguna península Ibérica? -No ¿De León? -No ¿De Aragón? -No ¿De Navarra? -No ¿De Granada, Toledo, Valencia, Córdoba, Córcega, Murcia? -No -Soy de México. -“Méjico” ¿Dónde queda ese lugar? -¡Como que en donde? pues aquí, donde estamos parados. -¿Donde estamos parados? Pero si aquí es Tenochtitlán. -Más bien aquí es la ciudad de México. -¿Ciudad de México? Este tipo está completamente endemoniado, vamos a crucificadle para sacarle el demonio -y pronunciando algunas extrañas palabras comenzó a azuzar a los indígenas quienes se contagiaron y se mostraron más belicosos. -No, esperen… no siento signos de locura en lo que dice este hombre, se muestra contrariado pero seguro en lo que dice. Dinos buen hombre por última vez, ¿quién sois y de donde provenid? –dijo un hombre de aspecto religioso. -Yo me llamo Miguel. -Miguel, entonces sois Ibérico. -No… yo no soy español… soy mexicano, los españoles son ustedes. -¡Españoles! ¿Qué es eso de españoles? -¿Como que es eso de españoles? Si ustedes son españoles. -Nosotros no somos españoles, somos de diferentes provincias Ibéricas. No sabemos qué es eso de España. -Si no sois de alguna provincia ibérica ¿de dónde venís? -Ya les dije, que de aquí en esta tierra nací. -¿Pero, sois entonces hijo de alguna región Ibérica? -No ¡yo soy hijo de mexicanos! pero tienen razón tengo sangre española. -Pero que maldito enredo es este; como negáis ser castellano y decid que tenéis sangre española, no sabemos qué es eso de España, sentid que se burla de nosotros y sabéis tenéis cuidado o te partiré en dos con mi espada –vociferó el que parecía tener el mando. -Pero, si les digo la verdad. Tengo sangre española y sangre indígena. -¿Otra vez? Pero que blasfemia es esa, esto es inaudito, es el colmo vamos a quemadle – -No esperen… es la verdad, tengo sangre española e indígena; no sé en qué porcentaje pero es cierto, quizás soy más indio que nada. A lo mejor el Subcomandante Marcos tiene razón todos somos indios. -Esperen compañeros, este tipo es más que interesante, vamos a descubridle su locura. ¿Decid que no sois de alguna Región Ibérica? –atajo el hombre religioso. -Cierto. -¿Pero tenéis un nombre castellano? -Cierto -¿Y tus apellidos? -González, González. -González, González y decid que no eres castellano. -Que no, soy mexicano. -De tu vestimenta tan rara ¿cómo es que vestís así? -Mi ropa… bueno es que es de Liverpool. -¿De Liverpool? ¿Entonces venís del Imperio Ingles? Con razón esos ingleses están tan locos. -No, no me entendieron; es de Liverpool Santa Fe. -¡Liverpool Santa Fe! Ahora si lo matamos… que forma de ofender a la santa fe, quemadle vivo, con leña verde. -No, esperen esto está harto interesante, vamos a seguidle interrogando –agrego divertido el capitán- acabáis de afirmar que sois indio, lo dijisteis no. -Sí. -Tu acercaos -dirigiéndose a un indígena. El indígena se acerco y me hablo; luego calló como esperando mi respuesta. Nunca supe que me dijo. Me volvió a dirigir la palabra, pero no le entendí. -¿Qué me quieres decir? -le pregunte. -No sois indio, como dicen los hombres de hierro. -No soy indio; pero si mexicano. -No saber que ser mexicano, indio sí. -Veis, ni los indios, te reconocen, sois un mentiroso. Ha de ser un espía ingles o portugués, confesad… es que acaso llegaron los portugueses antes que nosotros. -No lo sé, solo sé que conquistaron el Brasil. -¡Brasil! que ser eso. -Pues. los brasileños hablan portugués y son campeones de varios campeonatos de futbol. -Y sigue con sus locuras. Vamos a darle una última oportunidad ¿quién sois y de donde provenís? -Quieren que les responda pues escuchen. Los españoles o sea ustedes descubrieron América ¿Cierto o no? -¡América? ¿Qué es eso de América? -Bueno Cristóbal Colon… descubrió el nuevo mundo. -¿Nuevo mundo? -Sí, financiados por los Reyes de España -¿Reyes de España? ¿Cuáles Reyes y cual España? -Si los Reyes Fernando II e Isabel -Ah te refieres a los reyes católicos Fernando II de Aragón e Isabel de Castilla. -Y luego vino Hernán Cortés verdad. -Cierto. -Y luego Hernán Cortés conquisto a los Mexicas, aplasto a la gran Tenochtitlán e impuso su cultura sobre estos indígenas, e incluso impuso a su Dios, luego ustedes como hombres se dejaron llevar por la pasión y no dudo que alguna que otra indígena los haya seducido y haya concebido un hijo de ustedes, y la historia nos ha llamado mestizos. Por lo tanto soy un mestizo, por qué tengo sangre indígena y sangre española, pero eso; no me hace indígena ni español, sino mestizo y soy mexicano porque nací en México. Todo esto no me hace ser mas indio o más español, simplemente en pocas palabras, ni soy indio, ni soy español, así de fácil. -Pero… que sarta de palabrerías habéis concebido, cuanta imaginación, cuanta mentira y blasfemia ha dicho este hombre, cuantas palabrejas incomprensibles ha pronunciado. ¡Sois un espía portugués! Habrá que matadle para que no estropee los planes de nuestro capitán Hernán Cortés. ¡A la hoguera, quemadle vivo!, ahora si nada lo salvara ¡atrapadle! -¡No suéltenme! Es cierto. ¡Defiéndanme! ¡Destruirán a la gran Tenochtitlán! ¡Los mataran a todos ustedes! Señor indígena usted que entiende el español defiéndame, soy uno de ustedes. No me pueden matar señores españoles. ¡Soy uno de ustedes, digo la verdad! ¡Qué verdad tan mas espantosa, pero es cierto! Sujeto a un palo en forma de cruz apiñan leña ambas razas, con pavor veía como un indígena y un soldado con teas ardiendo prenden fuego y el humo invade poco a poco el entorno. Mientras mis gritos se confunden con la alegría de los danzantes. Los tambores alegres dan el toque a la ceremonia. Con enorme horror siento como las llamas comienzan a acercarse peligrosamente. -¡Auxilio! ¡Auxilio! –aterrado grite y cerré los ojos. -¿Y ahora que le pasa a este pinche loco? -¡Quien sabe lo han de haber asaltado! -Pobrecito le han de haber echado gas lacrimógeno, no puede abrir los ojos. -¿Joven que le pasa? Al abrir mis ojos llorosos, un danzante me interroga. -¿Qué le pasa? -Nada... ¡Ya saben hablar español! -¡Que! - dice el danzante. -Ya saben hablar español -repito. -Este guey esta mas marigüano, “quesque” si ya sabemos hablar español ja ja ja. -Se ha de creer español el cabrón -dijo un danzante ante la hilaridad de todos los curiosos. Frente a mi unos españoles se divertían de la escena. Tiempo después pensé…Y pensar que es estúpido pedirles perdón a los españoles…¡¡Si España ni existía en aquel entonces!! Cuanta ignorancia.

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